Opinión | Manuel Nieto | Javier Milei

El Presidente Milei

Por Manuel Nieto (@NietoManuelOk).

Esperanza, bronca e incertidumbre. Esas son las emociones que atraviesan a la sociedad argentina, que consagró a Javier Milei como nuevo presidente con una ventaja de once puntos porcentuales sobre Sergio Massa, una victoria totalmente inapelable y con un mensaje claro: el peronismo ya tuvo su tiempo de gobernar, lo hizo muy mal y ahora se tiene que apartar. El mismo mensaje había recibido Juntos por el Cambio, pero de cara a la segunda vuelta quedó claro que sus votantes apoyaron masivamente y sin titubeos a La Libertad Avanza.

De ahí la esperanza y las expectativas que despierta en gran parte de la población el presidente electo. Es cierto que, objetivamente, el gobierno que asuma el 10 de diciembre tendrá unos niveles de debilidad inéditos: ni gobernadores ni intendentes propios, bloques minoritarios en ambas cámaras del Congreso y decenas de funcionarios que estarán haciendo su debut en las trincheras de la política y el Estado.

Pero, a su favor, Milei cuenta con varios activos. Además de la victoria inobjetable que obtuvo, sus principales opositores del peronismo vienen de una experiencia de gobierno que, para la opinión pública, es un desastre. La imagen negativa de Alberto Fernández es del 83%, según una encuesta de D'Alessio IROL de septiembre pasado. En ese marco, no hay margen para “el club del helicóptero”. Quienes quieran tomar la lanza y asediar al nuevo gobierno, es posible que solo logren fortalecerlo ante los ojos de una sociedad que tiende a tomar partido por el que considera más débil.

Otro punto novedoso a favor de la gobernabilidad para Milei es que nadie podrá darse por sorprendido cuando empiece a cumplir algunas de sus promesas de ajuste, que incluyen el cese de la obra pública, la eliminación de los subsidios a las tarifas de los servicios públicos y la privatización de empresas estatales. Los detalles y las formas del programa de Milei están en una nebulosa, la dolarización se cancela y revive cada semana y aún falta definir cargos claves para ejecutar esas políticas, pero la dirección ortodoxa de achicamiento del gasto fue transparente en la campaña, y una mayoría del pueblo argentino optó por esa alternativa.

El entusiasmo y la esperanza de la sociedad no invalidan algunas alertas. Ya sabemos que las experiencias de Donald Trump en Estados Unidos y de Jair Bolsonaro en Brasil, dos referentes para Milei, significaron retrocesos en cuanto a la calidad democrática de esos países. También sabemos que Toto Caputo fue ministro de Finanzas y presidente del Banco Central durante el gobierno de Macri y que no tuvo una gestión muy brillante, más bien todo lo contrario. Por eso también es legítima la sensación de temor y rechazo que, en un país con crisis cíclicas como la Argentina, atraviesa ahora a muchos ciudadanos, que ven peligrar sus puestos de trabajo, sus ingresos y sus consumos. Lejos de las especulaciones políticas, una porción importante de la sociedad vive este momento con dramatismo.

Pero ahí está el nuevo presidente, con legitimidad para conformar su equipo. Más allá de la discusión interna sobre si el insaciable Macri “le copa” el gabinete a Milei, parece saludable que el nuevo presidente pueda echar manos de figuras extra partidarias. Milei estaría venciendo sus propios prejuicios sobre “la casta” y teniendo el temple para relegar de los principales cargos a los leales, excéntricos y amateurs que lo acompañan desde el principio de su aventura política. Con el diario del lunes, podemos ver antecedentes de una particular astucia política: el economista libertario se sirvió del sponsoreo que le habría facilitado Massa para que compita contra Juntos por el Cambio, y, una vez que dejó al PRO fuera de la carrera presidencial, se sentó a acordar “sin condiciones” con Macri y Bullrich, quienes le garantizaron una fiscalización meticulosa el día del ballotage. ¿Fueron solo carambolas o muestras de pragmatismo?

No hay que caer en optimismos bobos. La situación económica de la Argentina es muy delicada y un par de malas decisiones pueden depositarnos en un período crítico. Incluso con buenas decisiones puede que el agravamiento de la crisis sea inevitable. La sociedad eligió un camino claro en el ballotage y entregó un mandato al nuevo gobierno. Pero no hay líderes mesiánicos y la democracia se fortalece de a muchos. Como decimos siempre, hay que laburar de ciudadanos.

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