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Historias de Santos: "Quiero ser útil a mi pueblo"

Reflexiones sobre la vida de Ceferino Namuncurá. Por Clara Milano.

Esta semana fui a hacer una nota sobre la imagen de la Virgen de Luján, que pueden encontrar en la página 10 de este diario, en la parroquia San Francisco de Asís de Llavallol. Lo que no sabía era que, además de encontrarme con la historia de la Virgen peregrina, iba a descubrir que allí se conserva una reliquia de primer grado de Ceferino Namuncurá. Ese hallazgo me llevó a detenerme en la historia de un joven mapuche que, en una época hostil para su pueblo, encontró en la fe una forma de pensar cómo ayudar a los suyos.

Ceferino nació el 26 de agosto de 1886 en Chimpay, Río Negro. Era hijo de Manuel Namuncurá, uno de los principales líderes mapuches que resistieron el avance militar del Estado argentino sobre sus territorios. Creció en un contexto de despojo y pérdida de autonomía para su comunidad. A los 11 años viajó a Buenos Aires para estudiar en el colegio salesiano Pío IX, donde profundizó su fe católica y comenzó a desarrollar su vocación sacerdotal. Pero su deseo no se limitaba a una búsqueda personal: quería convertirse en sacerdote para regresar a la Patagonia y ayudar a su pueblo. La frase que se le atribuye, “quiero ser útil a mi pueblo”, resume esa aspiración de poner su persona al servicio de los demás.

Sostener esa fe no significó vivir ajeno al sufrimiento. Su formación se desarrolló en el marco de la misión evangelizadora salesiana, que también buscaba transformar culturalmente a las comunidades indígenas. Su historia no puede separarse de las contradicciones de aquella época: Ceferino era mapuche y, al mismo tiempo, encontró en el catolicismo una vocación que vinculó con el deseo de servir a su comunidad. En medio de las consecuencias de la conquista y de las dificultades que atravesaba su pueblo, imaginaba un futuro que tuviera como eje el servicio a los demás y la vida en comunidad.

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En 1904 viajó a Italia junto al sacerdote salesiano Juan Cagliero para continuar sus estudios y recibir atención médica. Sin embargo, su salud se deterioró a causa de la tuberculosis y murió en Roma el 11 de mayo de 1905, cuando tenía apenas 18 años. No llegó a convertirse en sacerdote ni pudo regresar a la Patagonia para concretar su sueño. Su historia recuerda que la fe no es una garantía de que todo saldrá bien: también puede convivir con la enfermedad, la incertidumbre y los proyectos que quedan inconclusos.

Sin embargo, Ceferino fue beatificado por el papa Benedicto XVI en 2007 y, con el tiempo, se convirtió en una figura de profunda devoción popular, especialmente en la Patagonia. Su historia nos recuerda que aun en medio de un mundo lleno de violencia y de grandes adversidades, la fe tiene la fuerza necesaria para movernos a amar y a soñar con un mundo más humano.

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